El duelo ante Pachuca se jugó a puerta cerrada y el ruido político volvió a colarse en el futbol. En ese contexto, América reclamó una acción clave: un posible penal sobre Rodrigo Aguirre que el silbante desestimó de inmediato. La jugada quedó flotando… y el americanismo encendió las alarmas.
Entre un estadio sin afición y un arbitraje bajo la lupa, el episodio marcó el pulso del partido. La banca azulcrema protestó, el VAR no llamó, y la narrativa de “no revisar cuando es a favor del Ave” volvió a escena. La pregunta quedó abierta: ¿era pena máxima?
¿Fue penal a Aguirre y por qué no se revisó?
En el área, Rodrigo Aguirre conducía el balón y sintió el contacto de Sergio Barreto. Hubo un tropiezo y cayó; el juez central siguió la acción. Desde la cabina, silencio. La decisión de cancha se sostuvo sin chequeo a monitor, pese a la presión inmediata desde el banquillo azulcrema.
Más allá del criterio, el timing pesó: una pena máxima en ese tramo cambiaba inercias, plan de juego y lectura emocional. El Ave buscaba el golpe anímico y se encontró con un portazo. Con el juego cerrado, ese detalle vale oro… o lo niega.
Voz arbitral y el debate que vuelve
Fernando Guerrero, ex árbitro y analista de TUDN, fue tajante en transmisión: era penal para América y debía revisarse. Su postura reabre la discusión sobre consistencia y protocolos del VAR cuando la falta es en contra del Ave. No se trata de favorecer, sino de aplicar el mismo rasero.
El americanismo no pide regalos, exige criterio parejo. Entre puertas cerradas y decisiones polémicas, cada punto pesa. El equipo deberá mirar hacia adelante, pero también esperar que en la siguiente jugada grande, la herramienta que llegó para dar certeza… se use.